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ABORTO I: MÁS ALLÁ EL TABÚ

Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón,

sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis.

Sor Juana Inés de la Cruz




Por Paula Martinez Chaigneau.



A raíz del auge de los movimientos feministas, se ha puesto atención en este antiguo fenómeno, que hiere al centro del corazón humano como pocos. La decisión de conservar o interrumpir un embarazo que no ha sido conscientemente planeado suele plantear a la mujer un dilema moral – además de emocional, físico, social, existencial, vital-, tanto más cuanto más desarrollada está su consciencia. Una mujer que ha abortado suele sufrir profundas consecuencias físicas y/o psicológicas por el resto de su vida. El niño o niña que no tuvimos sigue viviendo en nosotras como un pequeño y querido fantasma: “¿y si lo hubiera tenido? ¿hubiera sido niña o niño? ¿cómo sería mi vida si hubiera nacido? ¿qué edad tendría ahora? ¿cuáles serían sus gracias y talentos? ¿se parecería a su padre o a mi? ¿cómo hubiera sido su relación con sus hermanas y hermanos? ¿cómo hubiera mantenido a esa criatura? Esta podría ser la recapitulación tranquila o culposa a la que entregarnos... después de abortar; estas fantasías suceden a posteriori, ya que la noticia sorpresiva de un embarazo no previsto nos inunda de una avalancha de emociones y miedos tal que impide esta ensoñación amorosa. ¡Qué diferente sería recibir esta noticia si el aborto no fuera condenado, si no fuera un asunto secreto que hay que mantener escondido del juicio de los otros, familia, sociedad, personal sanitario, iglesia, redes sociales, la ley! Si no fuera un tabú.



Hasta ahora, el dilema queda zanjado de cuajo al señalarlo como un delito o un pecado, es decir, desde una moral heterónoma (moral del niño pequeño, que sólo conoce el bien y el mal por el juicio de un adulto), impuesta desde afuera por el sistema y a la que acuden todos sus agentes en masa para apuntar con su dedo acusador. Esta imposición anula y bloquea toda consideración íntima y personal acerca de la decisión de conservar la gestación o interrumpirla. Bloquea también toda posibilidad de acompañamiento amoroso a la experiencia de la mujer en esta disyuntiva. La sociedad que trata a sus mujeres como niñas sin discernimiento invoca en ellas a un ser pueril, rebelde o sumiso. Es posible incluso que pudiendo conversarlo, expresar sus aprehensiones, miedos y necesidades, ella pudiera entrar en contacto con la posibilidad de ser la madre de ese hijo/a… pero sucede todo lo contrario: está sola, embarazada y asustada, sólo le queda cerrarse, retraerse, luchar o huir, que es la respuesta biológica ante la amenaza del estigma. Según una reciente hoja informativa del Guttmacher Institute, “La tasa de aborto es en realidad más alta en los países que restringen el aborto que en aquellos que no lo restringen, ...”. La misma fuente, informa que “En los países que restringen el aborto, el porcentaje de embarazos no planeados que terminan en aborto se ha incrementado durante los últimos 30 años, de 36% en el período 1990–1994 a 50% en 2015–2019”[1]. Porque una mujer ante este dilema no suele tener “la vida resuelta”, una pareja estable, redes de apoyo y buenos ingresos para criar. La mayor parte de las mujeres que abortan suelen ser adolescentes, estar sin pareja, ser pobres, con hijos todavía pequeños… o todas las anteriores.



Las mujeres hemos pisado colectivamente el umbral del tabú del aborto en forma decidida y enérgica, ahora podemos hablar libremente, debemos hacerlo: es hora entonces de hacernos cargo del íntimo dilema moral, al que nos enfrenta. “Aborto si… aborto no, eso lo decido yo”, este slogan revela en forma elocuente de qué se trata el asunto, el cual va más allá de los argumentos sociológicos o de salud pública, los cuales han sido analizados en profundidad desde hace ya décadas: ¿de qué se habla cuando se impone a la mujer la maternidad como condición sine qua non ? ¿Es ético o compasivo condenar desde el vientre materno a un hijo no deseado, expuesto al desamor, a la negligencia, o incluso al abandono o al maltrato en cualquiera o en todas sus formas? ¿De qué vida hablan quienes con arrogancia se autodenominan “pro-vida”? En un artículo descarnado (“Abortion or The unwanted child: a choice for a humanistic society”, 1975) el psicólogo James W. Prescott expone ampliamente las cifras que en su opinión “… apoyan fuertemente el derecho de la mujer a estar embarazada por su elección y de ser madre por su elección como prerrequisitos esenciales para una sociedad humana y compasiva”[2]


En el momento actual, en que se admite en nuestro país por primera vez la posibilidad de discutirlo abiertamente y despenalizarlo a todo evento, debemos hacernos cargo como sociedad y como individuos de las largas y amplias implicaciones tanto personales como sociales de la decisión de continuar o suspender una gestación. Sólo en total libertad de conciencia y haciendo uso de su libre albedrío, con el acompañamiento profesional respetuoso y el apoyo de su comunidad, puede una mujer o una pareja, incluso una familia -en el caso de la mujer demasiado joven- o un sistema de salud -en otros casos- permitirse un examen profundo, compasivo y amoroso de la experiencia de gestar o no un nuevo ser humano.[3]

[1] Hoja Informativa: https://www.guttmacher.org/es/fact-sheet/aborto-inducido-nivel-mundial julio 2020 [2] 1975, Prescott, J.W. Abortion or the unwanted child: a choice for a humanistic society, en THE HUMANISTIC, March/April 1975 [3]En un siguiente artículo abordaré el rol del padre – el eterno ausente- en el aborto.

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