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La culpa de las madres

¿Por qué sentimos culpa las madres? ¿Forma parte de un dispositivo instintivo o es una categoría impuesta por la civilización?


Por Paula Martínez-Chaigneau.







Es lógico que la violenta separación del continuum madre-hijo, establecido de una manera tan intensa durante la etapa uterina, pueda causar depresión en la madre e intenso sufrimiento en el bebé.



Se suele decir que el sentimiento de culpa en general ha sido inoculado a través de la cultura judeocristiana, en particular a través del mito del pecado original que todos llevamos impreso al ser concebidos. Pecado atribuido a Eva, sin que Adán tuviese ninguna participación activa en el acto, sino que hubiera sido incitado a pecar por Eva. Esto debería significar que Eva era más fuerte y que llevaba el mando de esa relación, siendo Adán un poco infantil y dependiente de ella. Esta historia no se sostiene ya que según la misma fuente, ella habría nacido de una costilla de él, entonces todo su ser estaría formado a partir del cuerpo de Adán y por ende contendría todas las características y atributos del cuerpo masculino que originó su existencia. Entonces ¿cómo podría ella ser quien lleve el mando de dicha relación? Non sequitur.


Tal vez ésta sea la razón de que las mujeres tengamos una tendencia tenaz a la culpabilidad, pues se nos ha dicho esto como un dogma y debemos creerlo porque la fe no se cuestiona…De ahí a sentir culpa cada vez que una de nuestras crías se enferma, tiene un accidente o un obstáculo en su vida sólo hay un paso. Sin embargo, esta mirada parece algo simplista ya que considera únicamente una variable sociológica (la de la religión imperante) en el análisis de un fenómeno harto complejo. Por ejemplo, miro mi propia experiencia como madre: no fui criada en el dogma católico ni judío ni siquiera cristiano, mi familia de origen fue consistentemente atea. Supuestamente, no debería estar condicionada por la influencia culpógena anteriormente expuesta y sin embargo estoy escribiendo estas líneas…


Carla, 31 años, separada del padre de su hijo de 4 año 4 meses relata cómo fue el principio:

Descansaba pero en los tiempos de descanso de ellos, yo soy de la idea que uno cría entre mucho, pero cuando llegaba él del trabajo yo le decía toma, me voy a bañar y eran las seis de la tarde ya me podía bañar, o iba a dar una vuelta a la plaza en bicicleta porque lo necesito o me iba al puente en Santa Ana a fumar, después volvía toda culposa, pero esos eran mis descansos, pero con culpa. La verdad es que siento que no descansaba, nunca sentía “ay mi hijo está bien con su papá, o está bien con mi mamá”, nunca lo dejé con mi hermana porque no la sentía preparada.



María José, 41 años, soltera, adopta a su hija Isidora, nos cuenta esa experiencia de primera mano:

Entonces yo estaba agotada, estaba hecha polvo y me desahogué, dije no doy más, mi hermano me dijo, bueno tú quisiste esto poh, fue como sí yo quise esto, pero ¿puedo desahogarme? ¿Tengo derecho no? yo sentí …me tendré que quedar callada, no puedo decir que no he dormido nada, que no me he bañado, que estoy harta de no bañarme porque no me da el tiempo bañarme. Estoy harta de que no puedo ver a más gente, de que no he comido nada, porque solo me preocupo que ella coma bien, entonces me olvido de comer. Yo lo decidí pero no significa que no sea duro, tiene una etapa dura que es como mal mirada, especialmente en mi caso de mamá adoptiva, una que más la pelea, entonces no podía reclamar ahora, y yo pensaba que era solo mío y cuando empecé a hablarlo con algunas amigas y especialmente amigas españolas que tienen una cosa más moderna de la maternidad, me dijeron Jose todas pasamos por eso, es que es normal querer tirar a la guagua por la ventana, háblalo, riete del tema, desahógate, recién entendí que era normal, que finalmente es un cambio de vida.


El psicoanálisis clásico vino a apagar con gasolina el fuego de las culpas. Mientras el “descubrimiento” del inconsciente, el de cada uno de nosotros y el universal también, prometía liberarnos de condicionamientos introyectados por una socialización represiva, se culpó de paso a “la madre” por todas las heridas de la infancia de sus hijos e hijas. La vulgarización de los importantes conceptos freudianos, así como el macho-centrismo del querido Tata Freud, hicieron que esta acertada intuición fuera entendida de manera literal, cargando de mayor culpa a las mujeres que se convierten en madres, y más aún a las que no lo hacen. Digo bien, una mujer que ha tenido un/a hijo/a se convierte en madre ante la sociedad; es decir, deja de ser una mujer o una persona para encarnar un arquetipo, una función, un estereotipo. Aquellas mujeres que NO se convierten en madres, pasan entonces a ser no-madres, que es casi peor. No debería sorprendernos entonces que tantas madres jóvenes sufran depresión, ansiedad y hasta psicosis puerperal tras el parto, trastornos graves que pueden extenderse por años si no son debidamente atendidos. El joven Yo de estas mujeres queda en shock, desorientado, ya no sabe quién es, qué se espera de ella o cómo responder a su instinto y a la vez a las expectativas que la cultura le impone, que generalmente son contradictorios entre sí. Según el concepto de continuum, los humanos tenemos un programa perfectamente calibrado para mantener la evolución de nuestra especie, dentro del cual es fundamental que el recién nacido reciba por defecto lo que es óptimo para su desarrollo, ya que esa es la expectativa instintiva que se ha construido a lo largo del inconmensurable tiempo de evolución que nos hace ser hoy en día homo sapiens sapiens. Por cierto, cada especie tiene su propio programa evolutivo. Resulta paradójico, pero somos la única especie que ha construido una civilización tal que las expectativas evolutivas suelen estar en oposición con los mandatos de aquella. Por supuesto, la joven madre quiere hacerlo bien, quiere ser una “buena madre” para su retoño, pero mientras su instinto le impulsa a tenerlo contra su cuerpo todo el tiempo, la sociedad (léase tías, abuelas, médicos y otros profesionales de la salud, libros, películas, televisión, y a veces hasta la pareja) le indica dejarlo solo en su cunita; mientras intuitivamente siente que es mucho más cómodo, barato y coherente darle el pecho a libre demanda, la pediatría le dice que es cada 3 horas y hasta los 6 meses; mientras ella quisiera dormir toda la noche pegada a su bebé (fluyendo con los ciclos intermitentes de los primeros meses), se le dice que la última técnica para que duerma es dejarle llorar hasta que se canse, mientras ella se tortura en su cama, sin dormir y sintiendo que eso no está ni remotamente bien.


Un valioso intento de liberarnos de culpas fue el desarrollo del concepto de “madre suficientemente buena” por Donald Winnicott; al parecer no tuvo el suficiente eco en el imaginario colectivo; primó mucho más, tal vez por más antigua y atávica, la imagen de la Virgen María, madre devota, sacrificada y tan perfecta que ni siquiera necesitó la intervención de José. Necesitamos rescatar para la maternidad la idea “suficientemente buena” de Winnicott, que nos deja la posibilidad de errar sin culpa -ya que de todos modos nos equivocamos todo el tiempo-. El concepto es complejo y merece otro artículo completo. Sólo quisiera destacar que para Winnicott, decir “madre” es señalar una función, no una persona. Esta función puede ser asumida por un grupo íntimo en torno al bebé, llamado grupo jerarquizado de apego, de pocas personas, por un período progresivo de unos 2 a 3 años, lo cual parece responder a la expectativa evolutiva -una especie de instructivo para el óptimo desarrollo de cada individuo- que viene inserta en el programa instintivo del bebé.


Dicho esto, la culpa -que por cierto, no es exclusiva de las madres- tiene muy mala prensa entre los psicólogos porque no vemos que tenga ninguna ventaja para el desarrollo ni físico, ni psicológico ni espiritual. Pero si que la tiene para la socialización, ya que nos mantiene sujetos a las normas de la sociedad. Si se ve agudizada en la maternidad, es porque la madre civilizada es llevada casi constantemente a traicionar su instinto, su propio programa evolutivo, y no hay mayor culpa que la de traicionarse a sí misma.



(1) Liedloff, J. (1975) El concepto del continuum. En busca del bienestar perdido. Edición en español 2021 por Ed. OB STARE, La Palma, España.


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