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La importancia de nacer

Por Paula Martinez Chaigneau.


Nos encontramos inmersos en un periodo de grandes cambios en la humanidad, en un extremo del péndulo, donde parece difícil imaginar mayor violencia, injusticia, hambre, depravación, crueldad, individualismo y miseria en el mundo (devastación ecológica y humana, explotación desenfrenada de la naturaleza y de los seres humanos por otros seres humanos).


Surgen algunas preguntas al ver las noticias de la televisión o al navegar por internet: ¿cuál es la verdadera naturaleza del ser humano? ¿Es la ilusión de una sociedad más humana una tonta utopía del siglo pasado, o incluso del antepasado? ¿Debemos adorar los arquetipos de este holocausto: dinero, poder, dominación? ¿Tenemos acaso que defendernos unos de otros, como enemigos a muerte? ¿Quién está a salvo en esta carrera loca de la humanidad hacia su propia destrucción? ¿Encontraremos la “salvación” en un misticismo negador y psicóticamente individualista? ¿Acaso la furiosa evasión del que es adicto a cualquier cosa (desde el sexo hasta la droga pseudo-espiritual ofrecida por falsos gurús) lleva a una vida digna?


Nos enfrentamos, al estrenar el siglo XXI, parados en el umbral del “futuro”, con que nuestro mundo se desmorona ante nuestros ojos. Las voces desesperadas de heroicos ecologistas y místicos solitarios, humanistas de todas marcas, resultan débiles bajo el estrepitoso derrumbe de unas torres gemelas, cuya destrucción, trágico símil de la carta arquetípica del tarot, se está convirtiendo en el más poderoso y representativo ícono del tiempo que nos está tocando vivir.


¿Qué papel juega el Desarrollo Humano en este escenario? Desde luego, podemos hablar de lo que no es: no es noticia; a ningún periodista se le ocurriría la idea de que la expansión de una conciencia pueda asegurarle un espacio en el noticiario de la noche. Sin embargo, si bien la sociedad como tal está siendo dirigida por sus principales líderes camino de un caos cada vez mayor, al mismo tiempo, silenciosamente, tenazmente, pacientemente, obedeciendo a la eterna ley primera de la entropía, la conciencia individual de cada vez más personas, en lo individual y en pequeños grupos, está creciendo y encontrando un sentido a la vida dentro del caos, a pesar de o gracias a ese mismo caos. Quien pueda darse cuenta de este proceso está siendo testigo de esta Ley de Entropía en acción: hay un orden dentro del caos, a mayor caos, mayor tendencia al orden en su interior.


La fuerza de todas esas conciencias individuales está creciendo secretamente en las entrañas invisibles de la Madre Tierra, la humanidad se está reinventando a sí misma para salvarse, y lo hace desde lo femenino, desde lo suave, desde lo obscuro. Sin esta situación extrema a la que hemos llegado, tal vez no habría una motivación individual para el movimiento y el cambio. Estamos viviendo el tiempo global en que esta polaridad fundamental CAOS-ORDEN se materializa en su expresión extrema (destrucción vs creación / muerte vs renacimiento /dominación vs solidaridad) a nivel de toda la humanidad.


La importancia de un movimiento de esta naturaleza ha sido maravillosamente ilustrada por el concepto de masa crítica (1), descrito por Lyall Watson, al relatar un interesante fenómeno observado en la conducta social de una comunidad de monos de ciertas islas cercanas al Japón. Cuentan que a partir de una innovación conductual (lavar las papas recolectadas antes de comerlas), ocurrencia de un individuo en una de las islas (por cierto, una hembra joven), se produjo un contagio por imitación y aprendizaje en toda la comunidad dentro de su isla; lo sorprendente es que a partir de que un cierto número de individuos –se dijo que 100- hubo adquirido la nueva conducta, ésta se propagó a otras islas sin explicación aparente, ya que no había ningún contacto ni manera de que los monos se trasladaran de una a otra isla. “Es posible –dice Watson- que si un número suficientemente grande, entre nosotros, cree que algo es cierto, esto se torne verdad para todo el mundo”. Poco importa si esto es una leyenda o un dato científicamente verificable, vale como parábola de esperanza en tiempos revueltos.


El nacimiento de un hombre o de una mujer es un acontecimiento cósmico, ocurre miles de veces cada día en todo el planeta. Como dice Michel Odent (2), la sociedad patriarcal, al imponer una forma “humana” civilizada de nacer, ha modelado al género humano para lo que hoy en día vivimos. Al decretar que el calostro materno sirve a los becerros pero no a los seres humanos, nos hemos privado de una parte de nuestra marca humana más fundamental: la relación con la Gran Madre sustentadora de la vida, encarnada en la madre que acaba de dar a luz. Al frustrar de esta manera la relación de la madre con el recién nacido, se pierde la relación con todo lo que representa la polaridad “femenina” del universo; es haber cortado el cordón umbilical con nuestros antepasados más pacíficos y solidarios, con los que veneraban los principios ecológicos sustentadores de la vida y que fueron incapaces de defenderse de la invasión y la barbarie. Sin esta impronta, la humanidad “civilizada” y post-moderna se ha ido volviendo insensible a la devastación del planeta, que es nuestra Madre Tierra.


El patriarcado fue impuesto, según Riane Eisler (3), hace miles de años por hordas bárbaras, violentas e invasoras, venidas de tierras inhóspitas, mediante la destrucción y la dominación sobre sociedades pacíficas que la autora denomina gilánicas, que no matriarcales, es decir, regidas por la adoración a la Gran Diosa y por valores de conservación de la vida, sin que ello signifique dominación. En dicho proceso invasor mediante el cual se destruye el orden gilánico, intervino el poder de infligir dolor al sometido, así como la amenaza de hacerlo, para finalmente imponer el miedo como la principal arma de la dominación y del sometimiento al poderoso.


Para aquellas sociedades pacíficas, asentadas en tierras fértiles y climas benignos, reinaba la abundancia y la Naturaleza era pródiga. Para mantener su dominio de conquistador, el orden patriarcal necesitó de hombres fuertes y agresivos, competitivos y despiadados, en una palabra: guerreros. La formación y la valoración de la guerra y del guerrero se convirtieron en un valor principal para la sociedad patriarcal, vencedora sobre la gilánica. Muy parecido es el proceso mediante el cual las mujeres del patriarcado claudican y entregan su poder de parir a sus hijos: el miedo al dolor, culturalmente aprendido y reforzado por la cultura y la institución médica. De hecho, la cultura dominadora está interesada en deformar de esta manera el vínculo del apego, como veremos a continuación.


Al impedir el contacto de la madre con su recién nacido durante los primeras horas después del nacimiento, mientras hubiera podido ofrecerle de mamar el calostro, la cultura de la violencia no sólo deshumaniza a cada nuevo ser un poco más, sino que de paso desconfirma a la madre en su capacidad para nutrir, es decir, para sostener la vida que acaba de parir. No es pues de extrañar que exista depresión y hasta psicosis post-parto o puerperal, cuando la razón biológica primaria del cuerpo de la mujer que ha gestado y parido es anulada... qué podemos decir de la autoestima de esta mujer, atacada en la raíz. Negar el valor del calostro es clausurar este principio vital del apego humano y desinvestir a la mujer de su poder intrínseco.


De esta mujer negada, deprimida, desprovista de poder, espera la sociedad que críe a los nuevos seres humanos, que perpetúe desde su pequeñez el orden patriarcal... Y es así como ocurre. Las principales sustentadoras de los valores patriarcales (competencia, agresión, dominio-sometimiento, represión, productividad) suelen ser las madres que educan en los principios masculinos que le aseguran su supervivencia material, pero niegan su dimensión espiritual.


Las mujeres tenemos la gran responsabilidad de ser líderes en el proceso de revertir tanto patriarcado y como matriarcado, ya que ambos son sistemas de dominación. Se viene gestando en nuestro tiempo una sociedad solidaria que intenta recuperar los valores de supremacía de la vida por sobre todas las cosas, y en esta nueva bio-cultura, la forma del nacimiento debe ser humanizada, en el mejor sentido de la palabra. La marca del nacimiento de las nuevas generaciones debe favorecer el vínculo entrañable de cada uno con su primer “otro” ser humano, la madre, y por extensión, con los demás seres humanos, con la tierra y con toda forma de vida en el planeta.

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