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LA “MALA MADRE”

Actualizado: 3 de jun de 2019

Por Paula Martinez Chaigneau.

Donald Winnicott acuñó un concepto muy acertado. Decía que no era necesario ni deseable ser o tener una “buena madre”, sino sólo una “suficientemente buena”. Se refería a una madre sensible, accesible, disponible y oportuna, no “perfecta”. Buen intento. Ya que en primer lugar la perfección es un ideal no alcanzable y, al ser un ideal, no es real. El ideal está en el terreno de lo subjetivo: ser la madre que no tuve… la que me hubiera gustado tener… la que se espera de mi… la que dicen los libros… la que quisiera mostrar a los demás… la que pueda con todo… etc. Las madres somos reales, mujeres de carne y hueso, llenas de contradicciones, defectos y virtudes, necesidades y potenciales, pesadillas y sueños, frustraciones e ilusiones, debilidades y fortalezas. En fin, somos personas ante una de las experiencias vitales más importantes y desafiantes de la vida humana, generalmente sin apoyo ni comprensión; por si fuera poco, esta tarea titánica es minimizada con el “sólo ve a los niños”; queda económicamente precarizada, socialmente invisible y sola en el ámbito de lo privado y lo doméstico, cuando la realidad es que mientras gesta a sus hijos, los da a luz, los amamanta, da de comer al bebé o lleva a la niña a la escuela, al doctor, al parque, a sus clases extra, a casa del o de la amiguita, al deporte, le ayuda con la tarea, etc., está educando a la generación que constituirá la sociedad mañana, le está enseñando qué es ser humann@, qué es vivir en sociedad, qué es ser mujer o ser hombre. En este contexto, no es extraño que muchas mujeres pierdan el rumbo y sufran una enfermedad mental. O que sólo se rebelen, entonces serán una “mala madre” ¿Es que nadie lo ve?


También deben existir las condiciones externas propicias para que la madre entregue a "su objeto de preocupación" lo que necesita (Winnicott, 1950). Una preocupación excesiva y que no evoluciona progresivamente hacia la separación -la que implica que el bebé conozca la frustración-, centrada en necesidades más de la madre que del niño, no constituye una madre "suficientemente buena". Ello produce efectos tan negativos como cuando no está presente en la etapa que se requiere... Esto se relaciona directamente con las características de su propio funcionamiento mental.[1]



IDEALIZACIÓN MARIANA

El orden patriarcal ha idealizado a “la madre”, la imagen de la Virgen María, sólo madre, asexuada, ni mujer ni persona. No culpemos a los hombres, que son tan víctimas como las mujeres de esta mistificación –mire a su alrededor: hombres-guagua; hombres-dinero; hombres-falo; felizmente también hombres por fin evolucionados-, sino al orden que nos impone valores patriarcales y que son reproducidos cada día por hombres y mujeres. Como bien lo señala Esther Vivas, “El ideal materno oscila entre la madre sacrificada, al servicio de la familia y las criaturas, y la superwoman capaz de llegar a todo compaginando trabajo y crianza”[2].


Finalmente, ¿parece que no nos conviene ser tan “independientes”? Nos echamos encima una doble o triple jornada de trabajo y además, debemos hacerlo bien como madres, dar abundantemente el pecho, jugar con los niños, llevarlos en canguro y estar de buen humor para poder aplicar disciplina positiva. ¿No les parece que hay algo aquí que no cuadra? A mí sí que me lo parece. Soy madre de tres hijas, ya adultas, que amo profundamente, y sé de lo que hablo. Queremos cumplir, hacerlo bien, rara vez lo logramos, a menos que abdiquemos de nuestra propia vida. Esto es algo que las mujeres de hoy no estamos dispuestas a transar y no porque seamos incapaces de amar y maternar con el corazón. Estamos preparadas para actuar en el mundo, para aportar la mirada que falta, integrar equipos de trabajo, dirigirlos, tomar decisiones y cuando llega la maternidad no queremos que eso cambie, queremos que nuestr@ hermos@ bebé se adapte al ritmo de vida que hemos conseguido pero… oh decepción, nosotras deberemos adaptarnos al diminuto y adorable nuevo ser si no queremos ser una “mala madre”.


Cuando se dice en México que una persona “no tiene madre” o que tiene “poca madre” significa que esa persona carece de empatía, de escrúpulos o de consideración hacia los demás. Efectivamente, la capacidad empática se gesta en lo más temprano de la vida, por resonancia con el amor recibido ni bien llegar al mundo. Ahora bien, también un padre o cualquier otro ser humano sería capaz de sincronizar su mirada, su voz, su gesto, su atención y su cerebro con los de un recién nacido; el padre de una criatura puede estar presente durante su gestación y su nacimiento, cuidando de la madre y estableciendo una relación con su hijo o hija. ¿Por qué sólo la madre sería responsable de que alguien se convierta en un desgraciado?



EL CUERPO DE LA MADRE

Es verdad que sólo una mujer puede llevar en su vientre a un hijo, lo cual la convierte en el primer y más entrañable entorno del nuevo ser que gesta. Desde los más recientes estudios de epigenética, se sabe que el entorno determina gran parte de la expresión genética en el ser humano (en una razón aproximada de 9:1). Como enfatiza Bruce Lipton (2005)[3]:

Los genes no son nuestro destino. El estrés, las emociones, la nutrición- las influencias medioambientales de la vida humana- pueden modificar los genes que portamos. Así como han surgido nuevas direcciones en biología celular, ha habido una revolución comparable en genética con el desarrollo de la epigenética. La epigenética es el estudio de los procesos moleculares mediante los cuales el ambiente afecta y modifica la información genética (Pray, 2004; Silverman, 2004).


Por lo tanto, en la más temprana etapa de formación del nuevo ser, desde la concepción hasta el nacimiento, el cuerpo de la madre será el nicho que otorgue información ambiental al bebé. Sin embargo, el cuerpo de la madre porta también, además de lo que ingiere y aspira, las emociones y vivencias que ella experimenta mientras gesta; también su cuerpo está sometido a su propio entorno y responde a un ambiente físico y emocional, incidiendo así en el desarrollo epigenético del bebé. ¿Entonces, hasta dónde “la madre” es sólo la mujer gestante? Podríamos decir que la “madre” es la mujer y su entorno: pareja, familia, redes de apoyo, sociedad. Se requiere un nuevo paradigma para la función materna. Como afirma Lagarde, “es necesario y urgente maternalizar la sociedad y desmaternizarnos nosotras”[4]



Hablemos mejor de “función materna”, la cual puede ser ejercida por una persona distinta de la madre biológica. Si bien este concepto es esperanzador para la liberación de las mujeres que no desean verse constreñidas y limitadas por la maternidad, también es cierto que el estrecho vínculo corporal entre ella y su nonato durante la vida prenatal hace que la persona idónea para dicha “función materna” sea, precisamente, la madre biológica. Se sabe que el feto va guardando “memorias” desde el primerísimo momento de la concepción, en íntima fusión con la madre gestante, por lo que una vez que el bebé nace, tanto para la madre como para el bebé, se establece la necesidad de estar cerca. La madre necesita proteger a su cría, amamantarla y proveer sus necesidades, así como el bebé necesita ser atendido, cobijado, sostenido, alimentado y consolado por su madre, con sus olores, ritmos, latidos. Se necesitan uno a la otra. Esta condición biológica de nicho del recién nacido, sin embargo, ha sido llevada al extremo de convertirse en un “deber ser” agobiante, que señala con el dedo a la madre, despojándola de sus propias necesidades y limitaciones; así ella se convierte en la “cosa materna”. Es esto lo que puede llegar a enajenarla del mandato biológico de maternar a su cría recién nacida. En estos casos, la culpa y la vergüenza, el miedo y la angustia, combinados con la brusca adaptación bioquímica de su cuerpo después de dar a luz, pueden llevarla a una enfermedad mental como la depresión, un estado de ansiedad, un trastorno obsesivo-compulsivo o hasta una psicosis puerperal. Se sentirá una “mala madre”, la “peor madre del mundo”, puede llegar a pensar que no debió ser madre y lo peor de todo, intentará esconder estos sentimientos incluso a su pareja y a sus seres más queridos, entrando en una espiral angustiosa vivida en soledad.


Se ha demostrado que la actitud de la madre hacia el embarazo y hacia el bebé, como también hacia su pareja, tiene un profundo efecto en el desarrollo psicológico del niño y en su experiencia de nacimiento. Una de las vías de comunicación de estas actitudes de la madre hacia el feto es la secreción de neurohormonas. Estas substancias atraviesan la barrera placentaria al igual que los nutrientes, el alcohol u otras drogas, afectando negativamente el desarrollo del bebé cuando están presentes en exceso. Se ha demostrado en concreto que la secreción de cortisol, que se incrementa cuando la madre está bajo estrés, afecta al crecimiento del feto y puede determinar futuras disfunciones cognitivas y/o conductuales en el o la hij@. La segunda mayor influencia es la actitud del padre hacia el embarazo y su compromiso en la relación con la madre. Se ha estimado que mujeres involucradas en una relación tormentosa corren un 237% más riesgo de criar un hijo con problemas psicológicos o físicos que una madre en una relación nutricia y segura.

Como vemos, la “mala madre” que reivindica su derecho a ser una persona y se rebela contra la imposición patriarcal de ser una “buena cosa-madre” según el estereotipo mariano, resulta ser la otra cara de la moneda de la enfermedad mental, que se produce cuando una mujer no logra hacer consciente esta rebelión y sucumbe frente a la ambivalencia. Las consecuencias de esta actitud en l@s hij@s le serán achacadas injustamente desde ese mismo paradigma, que no admite la normal ambivalencia respecto al embarazo ni el rol de los demás actores sociales en el escenario de la procreación. Sin embargo, la ambivalencia es normal, frecuente y tratable durante el proceso adaptativo de ajuste a la maternidad, el silencio, la soledad y el estigma la vuelven patógena. Nuevamente viene Winnicott a puntualizar: "Una madre sana es capaz de suscitar la ambivalencia en relación con el objeto y de poder utilizarlo apropiadamente" (1965).


Este panorama es especialmente sensible cuando la madre es una chica demasiado joven (oficialmente, considerada adolescente entre 12 y 19 años; socialmente, debemos considerar la edad social adolescente, que termina cuando se está preparada para la vida autónoma, profesional y económicamente). Demasiado joven se es cuando aún se depende de los padres o tutores. Todo lo dicho anteriormente se intensifica y se agrava, ya que esta madre aún no ha terminado su formación y la llegada de un/a hij@ viene a interrumpir el proyecto de vida si lo hay, o bien la maternidad se convierte en un proyecto de vida cuando no lo hay. También este escenario está marcado por la idealización patriarcal de la maternidad; la chica puede aspirar a una posición de mayor estatus al convertirse en madre, entrando cándidamente como cordero al sacrificio, mientras la sociedad suele darle la espalda.

Por el contrario, la maternidad en mujeres profesionales se va retrasando cada vez más, cuando no se ha renunciado explícitamente a ella, debido a que la pausa maternal interrumpe la carrera profesional e incide negativamente en las posibilidades de crecimiento laboral. Se agrega además una importante pérdida de estatus y calidad de vida. Para cualquier otro trabajo que no sea ser madre, la ley exige que haya descansos, y también vacaciones… este hecho elemental que cuenta con total consenso social, no aplica en el caso de la maternidad, constituyendo así una violencia más contra las mujeres cuando son madres. Peor aún si además tienen que hacerse cargo del trabajo doméstico ya que “sólo están en casa”[5].




La nueva maternidad, de acuerdo con Esther Vivas, tiene que ser feminista porque revierte las bases del orden patriarcal. Termino con una cita de esta autora, que tan bien resume en unas pocas palabras la postura rebelde sobre la maternidad:


Valorar y visibilizar la importancia del embarazo, el parto, la lactancia y la crianza en la reproducción humana y social, y reivindicar la maternidad como responsabilidad colectiva, en el marco de un proyecto emancipador. No se trata de idealizarla ni de esencializarla, sino de reconocer su contribución histórica, social, económica y política.”[6]

[1] Winnicot, D. Realidad y juego. Buenos Aires, Granica, 1972.

[2]La maternidad debe ser feminista” (Diario El País, 6-03-2019)

[3] Thomas R Verny ;What Cells Remember: Toward A Unified Field Theory Of Memory. Recuperado el 16 de mayo en https://birthpsychology.com

[4] Brigitte Vasallo; https://www.pikaramagazine.com/2014/02/desocupar-la-maternidad/

[5] Considerando la carga global de trabajo en día de semana, en promedio las mujeres dedican 1,65 horas más que los hombres. Fuente: Instituto Nacional de Estadísticas (INE), Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT), 2015.

[6] Vivas, Esther. Mamá desobediente. Una mirada feminista a la maternidad (2019, 2° ed.) Capitan Swing Ebook.

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